Conocido por todos como Juancito, nació en Entre Ríos, quedó huérfano a los 8 años, vivió en la calle y llegó a Florencio Varela a los 80. Militante histórico de los jubilados junto a Norma Plá, reconocido en el Congreso, el 20 de octubre cumplió un siglo de vida en el Hogar Dr. Sallarés rodeado del amor de su familia del corazón.

DE GUALEGUAY A LA CALLE
Juan Alfredo Caraballo, a quien todos conocemos cariñosamente como Juancito, nació el 20 de octubre de 1926 en Gualeguay, provincia de Entre Ríos. Acaba de cumplir 100 años.
Fue criado por su mamá y su abuela, propietarias de la Estancia Las Cabezas, un establecimiento rural dedicado a la ganadería. Su infancia cambió drásticamente cuando, a los ocho años, una epidemia se llevó la vida de ambas.
“Según siempre nos contó Juan, sus tíos se quedaron con las propiedades familiares y él terminó viviendo en la calle. Su único compañero era su caballo. Dormía donde lo encontraba la noche, muchas veces en la plaza central de Gualeguay, junto al monumento al General San Martín”, recuerdan quienes lo conocen. Siempre recordó con mucho cariño al comisario del pueblo, quien le brindaba atención y le enseñaba. Muchos años después, junto a su familia del corazón, viajaron a Gualeguay para reconstruir parte de su historia.
Allí encontraron testimonios y, con el acompañamiento de la Secretaría de Cultura local, visitaron el museo histórico donde se conservan elementos vinculados a la antigua estancia familiar.

Juancito junto a su familia del corazón.
LA LLEGADA A FLORENCIO VARELA
“Juancito llegó a Florencio Varela en el año 2006, cuando tenía 80 años, y su llegada fue muy particular. Por aquellos años colaboraba activamente en el comedor comunitario que teníamos en Puerto Madero junto con Raúl Castells”, contó a La Colmena Adriana Lenzi, la vecina varelense que lo invitó a compartir su hogar en familia.
“Un día de lluvia, cuando salía del comedor, me lo crucé caminando bajo el agua. Hacía mucho frío y le pregunté qué estaba haciendo, por qué caminaba bajo semejante lluvia y dónde vivía. Fue entonces cuando me contó que estaba en situación de calle. Ese mismo día lo invité a pasar la noche en nuestra casa, en el Cruce Varela, para que pudiera resguardarse del frío”.
Al principio se quedó unos días y después iba y venía, porque no quería ser una carga para nadie. Con el tiempo terminó viviendo durante muchos años con la familia Lenzi.
“Toda nuestra familia lo recibió con los brazos abiertos y Juancito pasó a formar parte de nuestras vidas. Compartimos muchísimos momentos, reuniones, charlas y actividades. Juancito disfrutaba especialmente de tomar mates y conversar con Analía, mi hermana”, relató Adriana.
“Años después, por decisión propia, escribió una carta y se presentó personalmente en la Municipalidad de Florencio Varela para solicitar un lugar en el Hogar Dr. Sallares. No lo hizo porque no tuviera dónde vivir, sino porque siempre sostuvo que no quería convertirse en una carga para nadie cuando necesitara mayores cuidados. Su ingreso al hogar nunca significó alejarse de nosotros. Para todos nosotros, Juancito nunca fue alguien a quien simplemente le ofrecimos un lugar donde vivir. Se convirtió en parte de nuestra familia”.

Juancito junto a Adrina Lenzi, en la plaza San Martin en Gualeguay, lugar donde dormía al quedar huérfano.
TRABAJO Y MILITANCIA DE PURA CEPA
Aproximadamente a los 14 años, Juancito dejó Gualeguay y llegó a Buenos Aires acompañando a las comparsas de aquella época. Su primer trabajo conocido fue como cadete en un estudio jurídico de Capital Federal.
A lo largo de su vida desarrolló un fuerte compromiso social. Fue un militante activo en las históricas marchas de los miércoles de los jubilados, junto a la legendaria Norma Plá, defendiendo los derechos de los adultos mayores.
En el año 2014 recibió un reconocimiento en el Congreso de la Nación por su trayectoria como militante histórico en defensa de los derechos de los jubilados. La distinción se realizó en el Salón de los Pasos Perdidos.
“Juancito nunca abandonó sus convicciones. Participaba de marchas, colaboraba en campañas políticas y acompañaba las actividades sociales. Era, como solemos decir, un militante de pura cepa”, se destacó.

Juancito y Adriana en la radio de Gualeguay, donde emocionó a la audiencia su historia de vida.
UN SIGLO DE ENSEÑANZAS
Juancito estuvo casado con una mujer que tenía un hijo, quien con los años se recibió de ingeniero. Tiempo después, su esposa y el hijo de ella se radicaron en Europa, mientras que Juan decidió permanecer en Argentina.
En Florencio Varela construyó nuevos vínculos afectivos y encontró una familia del corazón.
Consultado sobre qué es lo que más extraña, su respuesta es clara: poder participar de las marchas de los jubilados y su independencia. Hasta una edad muy avanzada se tomaba solo el colectivo 500 para ir al Cruce Varela.
Siempre le gustaron los espacios verdes, caminar por la peatonal Monteagudo y por la avenida Hipólito Yrigoyen. Hoy, uno de los lugares que más disfruta es el parque del Hogar Dr. Sallares, donde reside.
Hoy, a sus 100 años, lleva una vida tranquila. Por las mañanas, las enfermeras lo ayudan a levantarse para desayunar y luego suele volver a descansar. Al mediodía almuerza, después disfruta de su siesta y por la tarde comparte la merienda con otros adultos mayores. Le gusta recibir visitas.
Desde su familia del corazón quisieron destacar especialmente “el trabajo de sus enfermeros, enfermeras, médicos, auxiliares, cocineros y de todas las personas que diariamente acompañan y cuidan a los adultos mayores en el Hogar Dr. Sallares. Su dedicación merece un enorme reconocimiento”.

¿DE QUÉ ESTÁ ORGULLOSO? ¿QUÉ CONSEJO DEJA?
“Lo que más nos enorgullece de Juancito es su enorme capacidad para salir adelante. Pensar que un niño que a los ocho años perdió a su mamá y a su abuela, que quedó solo y tuvo que enfrentar tantas dificultades, haya podido construir una vida con tanta dignidad, es algo que siempre nos conmueve”, afirmó Adriana.
“Admiramos su manera de mirar la vida, siempre de forma positiva, sin bajar los brazos, sin perder sus convicciones ni su integridad. Pero si hay algo que siempre lo caracterizó, además de su dignidad, fue su sentido del humor. Aun en los momentos más difíciles, siempre encontraba una razón para sonreír”.
Su consejo para los jóvenes que recién comienzan es el que sostuvo toda su vida: estudiar, trabajar, nunca dejar de esforzarse y, por sobre todas las cosas, ser personas de bien.
“Porque si algo nos enseñó con sus 100 años de vida es que, más allá de las dificultades que uno pueda atravesar, lo más importante es vivir con dignidad, honestidad y respeto por los demás”.
Juan Alfredo Caraballo acaba de cumplir 100 años. Un siglo atravesado por dificultades, trabajo, militancia, solidaridad y afectos. Y nos enseñó que la verdadera riqueza no siempre está en lo que uno posee, sino en los afectos que encuentra y construye a lo largo de la vida.





























